Con apenas dos años sobre los escenarios, Ilse se ha consolidado como una de las voces más frescas, incansables y necesarias de la escena drag actual. Lejos de concebir el transformismo como un mero entretenimiento estético, esta artista andaluza afincada en Madrid entiende el arte como una trinchera. En esta entrevista sin filtros, Ilse reflexiona sobre la deconstrucción personal, la urgencia de politizar cada espacio que habitamos, las contradicciones del propio colectivo y la importancia de alzar la voz frente a las injusticias, tanto globales como cotidianas. Una charla tan divertida como profunda donde demuestra que, detrás del personaje, hay una creadora con las ideas muy claras y dispuesta a ocupar todo el espacio que le pertenece.
Venga, ficha técnica, ¿Nombre?
Ilse, a la mierda [risas]. Bueno, en verdad es solo Ilse, pero bueno. Llevo un asterisco que está en Instagram; a la gente le hace gracia, así que ahí se quedó.
¿Tipo de drag?
No lo sé. Soy una mujer que hace drag. No sé, soy divertida, pero creo que tampoco se me puede encasillar. Hago muchas cosas diferentes: depende del show, depende del público, de dónde esté, de lo que me apetezca en el día o del revés. Así que, según me pille. No te puedo decir que sea bailarina porque a veces bailo y a veces no —nunca bailo, en verdad—. Pero bueno, de vez en cuando recuerdo que soy andaluza.
¿Una mocatriz?
¿Sabéis que «mocatriz» es un insulto? Realmente, si escuchas la canción, lo que dice es que no tienes ningún tipo de talento, pero que lo haces todo. Y es como decir que no tienes nada, pero que lo haces igual, pero como más… ¿me entiendes? Es como cuando a un actor le dicen que no se le da bien nada, que no hace nada bien. De hecho, habla de que solo puede triunfar si tiene una buena… [risas]. Es muy interesante; lo hablaba hace poco con una actriz.
«Montar es política: cada maquillaje y cada show son una reivindicación»
¿El drag es política?
Totalmente. De hecho, creo que si no eres político, no puedes hacer drag; y lo siento un montón. Igual que digo que si eres misógino no puedes hacer drag, y se me llena la boca al decirlo. Porque el drag que nosotras performamos —el drag queen— performa una feminidad, está asociado al final a un género femenino… ¡O sea, una mujer que hace drag, por favor! Además, el drag se ha asociado siempre a la política desde siempre. Quienes nos tiraban piedras no eran precisamente los de izquierda —aunque aquí no se salva nadie—. Pero nos tenemos solo entre nosotras, y eso es política.
Tener que formar nuestra familia elegida y no poder quedarnos con nuestra familia de verdad es político. Me parece una putada, y creo que tenemos que luchar y seguir reivindicando. ¿A dónde vamos a llegar si no? Eso de que «no es política»… ¡Amor, montarte es política! Cada maquillaje, cada show que haces es político, y salir a la calle así es política y es reivindicación.
Mientras siga existiendo la discriminación que sufrimos, tenemos que seguir haciendo política. Yo soy la primera que decía: «Estoy harta de salir a la calle y que me miren rara sin montar». Siempre me he quejado. Hablaba de que no quería que mi vida fuera política, de querer estar tranquila y darme un paseo sin que la gente me insulte. Pero me he dado cuenta de que no se puede. Y, mientras me sigan agrediendo, más me voy a maquillar, más rara voy a ser, más voy a dar y más espacio voy a ocupar. Porque no estoy ocupando espacios ajenos: es mi espacio.

¿Quién es Ilse?
¿Sabes qué pasa? Cuando yo quería empezar a ser Ilse, me hice una lista de las cosas que quería que tuviera. Las tengo todavía guardadas, aunque tampoco llevo tanto tiempo: dos años en drag. En plan, el papel está perfecto. Oye, que dos años en drag son como catorce en la vida real… ya soy una niña mayor, una adolescente inaguantable [risas].
Me hice una lista de quién quería ser, y es un poco la persona que siempre quise ser. Cuando te veías de chiquitita en las películas y series, decías: «Yo quiero ser así, esta es súper graciosa, le cae bien a todo el mundo…». Al final vas cogiendo todas esas cosas que yo no era —porque siempre he sido muy vergonzosa, aunque cualquiera lo diría— y las llevas al drag. Las partes que menos me gustaban de mí, o por las que la gente se metía conmigo, las he reconvertido. Yo no me callo, me encanta hablar, y en el drag hablo y encima la gente paga por escucharme. ¡Es lo que hay! Si ninguno se va de los bolos, por algo será.
Es una versión mejorada de lo que siempre he querido ser. Todas esas inseguridades que tenía las he convertido en mis fortalezas. Ya no me avergüenzan; de hecho, me gustan. Estoy muy orgullosa.
¿Y quién está detrás de Ilse?
Pues Paula. Que la verdad… no sé. Una chica estudiante, muy divertida también. Mi pasión es la lengua de signos, que también puedo integrarla en Ilse, así que tenemos muchas cosas en común. Sin duda seríamos amigas si fuéramos dos personas diferentes. Jo, de repente tengo mucho que hablar de Ilse, pero de Paula… Paula es divertida y también está loca; supongo que nos viene del mismo trauma [risas].
¿Qué opinas de quienes dicen que el colectivo LGTBI o el drag no puede manifestarse en contra de un genocidio porque en esos países los matarían?
A mí eso me parece un circo, un absoluto circo. La gente tiene que leer un libro de vez en cuando. Yo no seré la persona más leída del mundo ni la más lista, por supuesto que no, pero al menos intento informarme, preguntar, abrir los ojos y ver lo que hay a mi alrededor, en lugar de ser una egoísta de mierda que solo se mira a sí misma.
Ese es el problema: ahora nos quieren individuales. Ya no hay colectivo; somos unidades aisladas que solo deben preocuparse por sí mismas. ¡No! Somos una puta sociedad, hermano. Y si vivimos como sociedad, tenemos que darnos cuenta de que están matando a gente, a niños. Me parece que va mucho más allá de la política partidista; es simplemente tener conciencia. ¿Cómo van a estar a favor de que caigan bombas en cualquier sitio?
Hay quien dice: «Están en contra del colectivo LGTB en esos países, me parece vergonzoso y tienen que avanzar». ¿Por eso habría que matar a todo el mundo? Creo que se trata de educar, porque la gente no nace educada. España misma, siendo un país teóricamente laico —que luego hay mucho racismo y muchas cosas por pulir—, ha cambiado porque nos hemos ido educando, escuchando a las minorías y manifestándonos.
Hace poco, con el desahucio de Mari Carmen, abrimos los ojos. Yo estuve en las manifestaciones de Madrid. Es muy heavy. Yo siempre he dicho lo de que no me fío de la policía, pero no era consciente de que nos pegaban literalmente por estar sentados en el suelo intentando evitar que saquen de su casa a una señora de 87 años. Hay que salir a la calle, pisar césped y ver quién te protege de verdad. Porque a los de arriba les da igual, y o estamos juntos o nos van a comer.
A raíz de lo de Mari Carmen, ¿cómo ves el tema de la cláusula de conciencia?
Eso leí yo también. Aunque no entiendo mucho cómo funciona la policía, sé que pasa en otros ámbitos, como los médicos ginecólogos. Sobre todo aquí en Murcia —bueno, no sé si ha cambiado, pero cuando yo vivía aquí— no había ningún ginecólogo que te pudiera practicar un aborto de guardia porque todos tenían «objeción de conciencia». Por sus ideales, religión o creencias, no realizaban la intervención.
Tú, como médico, si no puedes asumir eso… para empezar, opino que debería haber siempre personal disponible. Tengo un montón de historias con esto. A mi madre le practicaron un aborto cuando estaba bastante avanzada la gestación y la trataron fatal. Nos unimos entonces a una asociación de apoyo a la pérdida gestacional y perinatal.
Escuchas historias desgarradoras. Había una madre que esperaba gemelos y le dijeron que o abortaba o moría, porque su cuerpo no iba a soportar el parto. Ella quería tenerlos, pero su vida no era compatible. Y aun así, el personal médico la trató como si fuera poco menos que una ramera, la trataron fatal y tardaron meses en practicarle una intervención que era por pura salud, obligándola a notar a sus hijos moverse sabiendo que no iban a salir adelante.
A otra mujer le dijeron que su hijo era incompatible con la vida por una malformación genética severa, y también le retrasaron el proceso durante todas las navidades. Y eso que no era una cuestión de «no lo quiero», sino de salud y de ahorrarle un sufrimiento atroz al bebé y a la madre. Tuvo que ir a una clínica privada donde también la trataron mal. Es muy fuerte.

¿Dónde estás viviendo ahora?
En Madrid. ¡Madrileña viva!
¿Cuándo vas para allá?
En dos o tres semanas, la segunda semana de octubre. Empiezo gira ahora, me voy primero a Andalucía y luego…
¿Qué opinas de los hombres cisheteros que hacen drag?
Oye, tengo un tema más —o me van a cancelar, me da igual—: los hombres cisheteros misoginos que hacen drag. Me pone muy nerviosa.
Me ha llegado a pasar que drag queens me digan que «no tiene sentido» lo que hago en comparación con mis compañeras. Y yo digo: amor, tendrías que tener una doble sensibilidad como travestis. Luego vas y me cantas un tema de una diva, una canción valiente y poderosa. ¿Qué te piensas, que dedico esa canción a los tíos? No, mamita, la canto para las mujeres. Y si eres un misógino, no te puedes sentir identificado con esa letra, lo siento un montón.
No puede ser que seas fan de artistas femeninas feministas y luego digas que las mujeres no pueden hacer drag. Que se busquen otra cosa. El drag no pertenecía originalmente solo a los hombres gay; históricamente también lo han hecho las mujeres, y a los gays más feminizados que al final hacían una labor muy similar.
Me duele mucho cuando compañeras a las que admiro y cuyo arte disfruto sueltan esa burrada. Te puede gustar más o menos lo que hago porque es completamente distinto, pero que no te guste solo porque soy una mujer… Chiquillo, no sé.
Entre risas, reflexiones sobre los derechos sociales y la firme convicción de que el arte debe incomodar y transformar, la conversación con Ilse deja una lectura clara: el drag es mucho más que pelucas, tacones y escenarios. Es una herramienta de resistencia política y una celebración de la identidad frente a una sociedad que a menudo busca uniformarnos. Con una gira por delante que la llevará a recorrer diferentes puntos del país y un discurso que no entiende de medias tintas, Ilse demuestra que ha venido para quedarse, ocupar su propio espacio y recordarnos que, en tiempos grises, el humor y la conciencia crítica son nuestras mejores armas.




